Larga vida al licor que hace que nos demos cuenta que la vida se ha perdido tras esperanzas fallidas, sueños extraviados y las mentes puestas a disposición del manipulador, el corazón tirado en un jardín de espinas. El vino daña el hígado, pero alimenta la visión, aunque también termine por dañarla.
Se elimina la miopía y hasta ver de cerca, adentro, se hace más claro.
Es necesario darse cuenta que la vida está partida para entender el propósito, para encontrar el lugar, para descifrar en el viento el discurso sagrado de nuestra eterna misión. Ese que se nos hace difícil de escuchar porque estamos tan felices revolcándonos entre la miseria por un poco de sexo, por unos cuantos besos y caricias, por una mirada amable... por cosas falsas que añoramos verdaderas y que por su naturaleza efímera nos matan cuando dejan de existir, unos segundos de felicidad por varios días de muerte lenta en ensoñación.
Dar la vida no es suficiente. Entregarla completa en la cruz es lo que todos esperan y luego, te critican por 2mil años por haber hecho semejante estupidez o porque fue todo un cuento y que seguiste vivo o porque manejaba una doble vida y se casó y tenía hijos... ¡Já! seguirán diciendo miles de cosas y nadie sabrá la verdad. Ésa es la naturaleza del mundo, inventarse cosas que se ajusten a lo que queremos creer. Y la verdad no existe, al menos eso quieren creer algunos y otros la defendemos.
Nada. La nada es el pan de los habitantes del mundo. Comer nada, sentir nada, amar nada, hablar nada, escuchar nada. La nada es el nuevo todo. Todo o nada, siempre es lo mismo. Un día sí, otro día no. Y siempre ser de una misma forma es errar. Ya he errado mucho tiempo y no me queda más tiempo para corregir. Es que una conducta que está tan arraigada no se puede quitar, menos si uno no quiere. Más fácil seguir quitándose la vida a pedazos y dejarse comer en la rapiña del mundo, que les encanta la carne fresca, directamente del paciente vivo y verle la sangre correr por las mejillas para bebérsela a sorbos y hacer festín y francachela.
Larga vida te da el licor cuando por una buena razón se interna en las venas y cuando las neuronas se relajan por el calorcito que produce la borrachera. ¡Cuidado con encariñarse con la sensación rota, que la vida se fermenta más rápido con alcohol en la boca!
miércoles, 22 de agosto de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
Desde el tedio
Llovía y el frío de la madrugada se colaba entre los poros hacia el alma. Desperté. Tenía la convicción del paso del tiempo trastornada. Me senté. Recuperé la visión y la memoria. Me asusté.
Los minutos se suman en horas que construyen días y destruyen mentes. La mente del que todo tiene por hacer se apaga en movimientos aleatorios, intervalos de cordura y sinrazón. De repente, las energías disminuyen y se abre paso una niebla de muerte que lo cubre todo y desde el fondo, el espíritu inagotable trata de brotar para mantener las respiración, la luz encendida en la mirada, el aliento tibio, la sonrisa atenta. Y no es tan fácil.
Cada resonar de ecos del pasado va carcomiendo las paredes de los nuevos paisajes descubiertos, los miles de peros, los millones de contras y la esperanza con alas frágiles debilita su vuelo hacia el infinito, hacia el cielo rebosante de alegrías y tonadas dulces de ensoñación. Y es la misma historia, la misma espera, el mismo caminar cansado.
Ahora todo pasa más rápido alrededor y más lento en el interior. Desubicado, sin foco, el hombre que busca en las caras de la gente la verdad, en su propio ser, en lo bello del mundo, se pierde la vida al no encontrar lugar. Y es que un lugar no lo define porque su identidad está en buscar. Un nómada que toma lo que hay y lo convierte desde sus entrañas en algo útil, algo trascendente, un algo de valor.
La creación dormita en las catacumbas más oscuras y la imaginación se vuelve en contra. Las pasiones, los talentos, todos los elementos de ese Yo que tanto anhelo, se vuelven cargas tan pesadas como las del propio Atlas griego. El gran Herácles vino a tentarme y yo ¡pendejo! quise cooperar.
En busca de la vida, de vivir, aquí me siento a continuar esperando que de tanto alboroto alguien se canse, sea yo o sea el otro, y todo esto nos lleve a algún lugar.
Los minutos se suman en horas que construyen días y destruyen mentes. La mente del que todo tiene por hacer se apaga en movimientos aleatorios, intervalos de cordura y sinrazón. De repente, las energías disminuyen y se abre paso una niebla de muerte que lo cubre todo y desde el fondo, el espíritu inagotable trata de brotar para mantener las respiración, la luz encendida en la mirada, el aliento tibio, la sonrisa atenta. Y no es tan fácil.
Cada resonar de ecos del pasado va carcomiendo las paredes de los nuevos paisajes descubiertos, los miles de peros, los millones de contras y la esperanza con alas frágiles debilita su vuelo hacia el infinito, hacia el cielo rebosante de alegrías y tonadas dulces de ensoñación. Y es la misma historia, la misma espera, el mismo caminar cansado.
Ahora todo pasa más rápido alrededor y más lento en el interior. Desubicado, sin foco, el hombre que busca en las caras de la gente la verdad, en su propio ser, en lo bello del mundo, se pierde la vida al no encontrar lugar. Y es que un lugar no lo define porque su identidad está en buscar. Un nómada que toma lo que hay y lo convierte desde sus entrañas en algo útil, algo trascendente, un algo de valor.
La creación dormita en las catacumbas más oscuras y la imaginación se vuelve en contra. Las pasiones, los talentos, todos los elementos de ese Yo que tanto anhelo, se vuelven cargas tan pesadas como las del propio Atlas griego. El gran Herácles vino a tentarme y yo ¡pendejo! quise cooperar.
En busca de la vida, de vivir, aquí me siento a continuar esperando que de tanto alboroto alguien se canse, sea yo o sea el otro, y todo esto nos lleve a algún lugar.
sábado, 7 de julio de 2012
¡Grito de libertad!
Escribir para uno mismo es más difícil. ¡me cuesta!
Con el pasar de los tiempos, las energías puestas en tantas actividades van agotando sus recursos y ya se siente el peso de lo obsoleto, del fracaso. Mientras más se acercan las posibilidades, descubro con asombro lo tarde, lo precario de mi situación, aunque haya quienes vean mucho más.
Con el pasar de los tiempos, las energías puestas en tantas actividades van agotando sus recursos y ya se siente el peso de lo obsoleto, del fracaso. Mientras más se acercan las posibilidades, descubro con asombro lo tarde, lo precario de mi situación, aunque haya quienes vean mucho más.
Es fácil ver mucho más desde afuera.
No acostumbro escribir, menos públicamente, pero hoy es un asunto de pura y física necesidad. Un grito que no puedo dar, un discurso que no puedo sacar, un dolor que no me deja en paz. Cuando las lágrimas no alcanzan, cuando el pecho no para de encogerse, cuando las neuronas hacen huelga... ahí se sabe que los segundos ya superaron todas las posibilidades y que las fuerzas se están haciendo escasas.
Es una agonía constante extrañarme.
El tiempo y la distancia, la economía, la edad... tantas y tantas palabras que aprisionan el alma, que devoran la vida, que machacan las ganas... ese ruidito que aturde en lo profundo, que te dice ¡ya no más, perdiste!... el bullicio de una sociedad entera aplanando los sueños y destrozando las ansias. Estoy cansado de todo eso. Cansado de que no me mires a los ojos, que no te des cuenta quién soy, que no busques en las profundidades de mis laberintos los tesoros ocultos y las rutas prohibidas... y grito... y grito fuerte para mis adentros porque ya no hay vuelta atrás.
No acostumbro escribir, menos públicamente, pero hoy es un asunto de pura y física necesidad. Un grito que no puedo dar, un discurso que no puedo sacar, un dolor que no me deja en paz. Cuando las lágrimas no alcanzan, cuando el pecho no para de encogerse, cuando las neuronas hacen huelga... ahí se sabe que los segundos ya superaron todas las posibilidades y que las fuerzas se están haciendo escasas.
Es una agonía constante extrañarme.
El tiempo y la distancia, la economía, la edad... tantas y tantas palabras que aprisionan el alma, que devoran la vida, que machacan las ganas... ese ruidito que aturde en lo profundo, que te dice ¡ya no más, perdiste!... el bullicio de una sociedad entera aplanando los sueños y destrozando las ansias. Estoy cansado de todo eso. Cansado de que no me mires a los ojos, que no te des cuenta quién soy, que no busques en las profundidades de mis laberintos los tesoros ocultos y las rutas prohibidas... y grito... y grito fuerte para mis adentros porque ya no hay vuelta atrás.
No tengo tranquilidad, por eso escribo...
Hace rato no escribo, hace rato no pienso, no siento... no es posible! En verdad me cuesta.
Escribir para uno mismo duele. Duele en la soledad y la frialdad del aparato que te permite abrirte al mundo, aunque no sirva más que para rumiar las tristezas y regurjitarlas de la mejor manera... o de la peor. Hay cierta libertad, cuando nadie lo lea, cuando no sean los amigos ni vecinos ni amores... libertad aparente que intento conseguir para mi propia vida recluida en la cárcel de la vejez en plenitud de la juventud. Cansado como un viejo que ha perdido mil batallas... con esperanzas de ganar uno o morir en el intento.
Escribir para uno mismo es una mierda. Cuando las conversaciones tenían sentido y valía la pena el contacto humano. Sí, humano... el ser humano es una especie en extinción! Personas derrotadas, ideas vacías y espíritus quebrados... qué tristeza caminar por las calles, salir de la burbuja un momento para ver la realidad! Quisiera abrazarlos a todos y decir: ¡Tranquilo, aquí estoy yo, no llores más en soledad! Pero quien no sabe nadar no puede lanzarse al agua a intentar salvar al que se está ahogando. Aún así lo hago.
Ahogado, pataleando con fuerza, levantando los brazos, ¡aquí estoy! Dispuesto a darlo todo una y otra vez a pesar de la penumbra que adorna mis días, inventando excusas para levantarme, para amar...
Tal vez no lo logre, tal vez mi fracaso sea inminente y rotundo... pero ¡no seré derrotado en silencio, más!
Hace rato no escribo, hace rato no pienso, no siento... no es posible! En verdad me cuesta.
Escribir para uno mismo duele. Duele en la soledad y la frialdad del aparato que te permite abrirte al mundo, aunque no sirva más que para rumiar las tristezas y regurjitarlas de la mejor manera... o de la peor. Hay cierta libertad, cuando nadie lo lea, cuando no sean los amigos ni vecinos ni amores... libertad aparente que intento conseguir para mi propia vida recluida en la cárcel de la vejez en plenitud de la juventud. Cansado como un viejo que ha perdido mil batallas... con esperanzas de ganar uno o morir en el intento.
Escribir para uno mismo es una mierda. Cuando las conversaciones tenían sentido y valía la pena el contacto humano. Sí, humano... el ser humano es una especie en extinción! Personas derrotadas, ideas vacías y espíritus quebrados... qué tristeza caminar por las calles, salir de la burbuja un momento para ver la realidad! Quisiera abrazarlos a todos y decir: ¡Tranquilo, aquí estoy yo, no llores más en soledad! Pero quien no sabe nadar no puede lanzarse al agua a intentar salvar al que se está ahogando. Aún así lo hago.
Ahogado, pataleando con fuerza, levantando los brazos, ¡aquí estoy! Dispuesto a darlo todo una y otra vez a pesar de la penumbra que adorna mis días, inventando excusas para levantarme, para amar...
Tal vez no lo logre, tal vez mi fracaso sea inminente y rotundo... pero ¡no seré derrotado en silencio, más!
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